El Ocelo Centelleante… La Pérdida de la Identidad

El término globalización es complejo por cuanto no se refiere a un fenómeno particular sino a varios, se podría generalizar que implica mundialización, traspaso de fronteras, desaparición de naciones y por lo tanto borramiento de las diferencias culturales, sociales, políticas e históricas; todas aquellas referencias que inscriben a un sujeto en un marco identificatorio sociocultural, mediante la puesta en acto de este movimiento globalizador son desplazadas metonimicamente, borrando las huellas que hacen a su identificación yoica.

Nos ocuparemos de las tecnologías ligadas a lo que se dio en llamar la dimensión video: la televisión, los satélites de comunicación, el videocable, la computadora; con las nuevas tecnologías todo el planeta se recupera a través del satélite por la pantalla televisiva sobreactuando el fondo sobre la figura.

El determinismo de la comunicación, la imposición velada o no de ideas, consignas, signos, señales, etc., son realizadas de tal forma que los referentes identificatorios son tragados por la sobrecarga de la estimulación, imponiéndose de tal forma que los usuarios se “adaptan” con facilidad cayendo en un embelesado ensueño diurno.

La expansión tecnológica está signada por el exceso y la instantaneidad, obligando al sujeto a replegarse sobre sí mismo, sustituyendo la acción exploradora de lo exterior por la interior que le brinda la pantalla con una confiabilidad dudosa.

M. Mcluhan considera que todos los artefactos electrónicos son extensiones del hombre, por ello los medios de comunicación son una reconstrucción, unos modelos de la capacidad biológica acelerada más allá de lo humano, por lo que la rueda pasa a ser una extensión del pié, la ropa de la piel o los sistemas electrónicos son una extensión del Sistema Nervioso Central.

Ese ocelo centellante que preside la habitación del hogar o del escritorio, ya sea la pantalla del televisor o la computadora, produce un efecto tan inquietante como apaciguador, aún cuando esté apagado.

La posibilidad de recibir información en grandes cantidades, a enormes velocidades, desde los más recónditos lugares del mundo hacen que el sujeto implosione a partir del efecto perturbador que producen las percepciones electrónicas no relacionadas con algún lugar en particular, sino proviniendo de todas partas y en todo momento.

Sentado ante la pantalla, su cuerpo tendrá tan poco peso como la ingravidez del astronauta pero moviéndose a grandes velocidades. El planeta entero se achica y se produce un desfasaje en tiempo y espacio que promueve una realidad ilusoria tal que provoca una distensión semejante a cualquier droga. El condicionamiento subjetivo se produce por la oscilación entre el ensueño y la fantasía.

La sociedad electrónica parecería no tener objetivos precisos, más aún, las consignas que de ella emanan son recibidas a la manera en que los grandes líderes se dirigían a las masas, con la particularidad de la desaparición de la relación orador-público y la multiplicidad de la figura que hace suponer otro incorpóreo.

Las imágenes parten del aparato, como una prolongación misma del receptor, donde el emisor queda confundido, la intersubjetividad queda mediada por la pantalla perdiéndose la relación entre el yo y el otro semejante. Se produce por lo tanto un descentramiento del sujeto de tal forma que pierde conciencia de sus propios límites yoicos, quedando aplastado por la imagen que lo condiciona desde un afuera que se le ofrece entre familiar y extraño.

La modalidad de nuestra modernidad es el exceso, exceso de tiempo en tanto que la superabundancia de acontecimientos reales o ficticios dificultan pensarlos y los fenómenos se agolpan de una forma que los años, las horas y los minutos quedan acelerados hasta el punto de perder su propia dimensión.

Existe un exceso en cuanto al espacio, de tal forma que en la intimidad podemos ver lo que se está produciendo instantáneamente en el otro lado del mundo; exceso que funciona como señuelo, cuyo manipulador es muy difícil de identificar.

Por otro lado, al encontrarse con tantos lugares a la vez hace que se desemboque en el efecto de aparición de “no lugares”, cuya característica principal es la de producir y favorecer el anonimato.

El estadio del espejo es por excelencia el periodo inicial de formación del yo, resultante de la identificación con una forma que deja su impronta en un precipitado que se realiza en tres registros: imaginario, simbólico y real.

El Otro primordial que el espejo refleja implica la anticipación de su propia imagen corporal recibida con júbilo y sorpresa. Es por su propia prematuración que el sujeto se afirma en esa imagen anticipatoria que además define su matriz simbólica, constituyendo el esbozo primero de subjetividad.

Bibliografía:
S.Freud: Obras Completas, Edición Bibloteca nueva 1981 J. Lacan: Escritos, Siglo XXI 1980. Mcluhan y B:R:Powers: La Aldea Global, Editorial Gedisa 1995 M. Augé: Los “no lugares”, spacios del anonimato, Editorial Gedisa 1996.

Se atiende por obras sociales y prepagas Consultar